viernes, 7 de agosto de 2015

El Nacimiento del Narrador

Imagen extraída de Wikipedia
Cuando era niño, mis padres, ambos antropólogos, me llevaron de expedición a un zona a las alturas de los Andes, la idea era ser parte de una de las experiencias que llevan a cabo los vernáculos de aquel paraje, se decía que en esa experiencia, el fin era buscar contactar con el mismísimo Viracocha, el cual haría entrega de un conocimiento superior que permitiese instalar el comienzo de una nueva civilización. Como mis padres eran unos aventureros, no fueron capaces de perder la oportunidad y menos aún, de no compartirla conmigo a mis once años de edad, a sabiendas del inminente peligro que corría siendo un niño. Obviamente eso les importó poco, ellos eran de otro tiempo, de otra generación, ahora lo veo claramente, aquel gesto, solo podía ser una muestra de su más grande amor por mí, de otra manera, hubiese quedado a cuidado de quién sabe quién, sin poder apreciar lo que se me avecinó.

Ya a más de tres mil metros de altura, solo morder la hoja de coca nos permitía seguir teniendo fuerzas para continuar el viaje, claramente los vernáculos eran potentes en tal tarea y por las noches, bebían un fuerte licor que les permitía casi disfrutar las bajas temperaturas, prácticamente a la intemperie. Mi padre era de un metro setenta y de contextura delgada, su rostro tenía unos pómulos muy marcados y ojos prácticamente rasgados, de piel morena, al contrario de mi madre, quien tenía una piel muy blanca y grandes ojos marrones, todo en una contextura algo más delgada que la de mi propio padre. Ambos siempre permanecían juntos y dormían dentro de su bien equipada carpa abrazándome para prevenir que no tuviese frío.

A la mañana del tercer día de ascenso, estábamos casi a cinco mil metros de altura, quizás más, quizás menos. En ese preciso lugar observamos detenidamente el paisaje, afortunadamente, no pudimos apreciar el encanto del lugar en su plenitud, pero digo afortunadamente, porque en cambio, podíamos observar las nubes bajo nosotros, como si volásemos, como si estuviésemos en un paraje en el cielo, en donde solo pueden verse mesetas y picos de la majestuosa cordillera. Mi madre con lágrimas en sus ojos me tomó de los hombros y exclamó que no podría haber un lugar más perfecto que ese y que nunca, jamás, podría olvidar esa visión, que no hay cámara ni filmadora, capaz de captar la naturaleza tal y como se puede vivir en ese momento. 

Era casi medio día y ya todo estaba preparado para la ceremonia, mis padres tuvieron que vestirse y vestirme con atuendos muy coloridos, propios de nuestros anfitriones, los cuales parecían estar muy contentos por nuestra presencia en tan relevante acontecimiento. Solo debíamos golpear unos pequeños báculos que tenían talladas las imágenes de lo que ellos representaban como Viracocha, uno de los báculos estaba hueco, por lo que sus sonidos eran muy agradables, ya que daban tonalidades específicas que en su conjunto, podían hacer curiosas melodías que parecían muy tribales; pero una vez en conjunto con los tambores, las zampoñas, el sonido se escuchaba poderoso, como si el viento y la tierra se uniesen para vibrar y retumbar desde lo más profundo, llegando a nuestros estómagos y removiéndolos al ritmo de los graves retumbar.

Exactamente a las doce del día, todos debíamos tomar un extraño brebaje que alguien saco de entre sus morrales, claro que mis padres no accedieron en un principio a que yo bebiese, pero mi deseo de hacerlo más la mirada expectante de los anfitriones fue la suficiente presión social para que se diese el permiso. Era algo que sabía a una mezcla de pasto con mucho azúcar, no era nada agradable, sin embargo, los efectos fueron otra cosa. Alguien alguna vez me comentó respecto a los efectos de algunas drogas, esto cuando iba en la escuela, supuse en ese momento que estaba algo así como drogado, porque creí que el tiempo estaba mutando, sentí que era capaz de hacer sonar los báculos tan fuerte que podía destrozar la cordillera, sentí que era capaz de envolver el mundo con mis manos al mismo tiempo que el mundo seguida siendo más grande que mis brazos, ideas incoherentes cruzaban mi cabeza en un rumiar constante de ideas y emociones pasadas, a veces, futuras.

Alguna vez les escuché decir a nuestros anfitriones, que la presencia de Viracocha no había sido apreciada por nadie desde hace quinientos años, que la última vez que ocurrió, hubo tormentas y terremotos que azotaron el continente, concluyendo en la llegada del invasor occidental. Yo me  pregunté a mi mismo ¿por qué habrían de querer contactar a una entidad que solo augura tragedias? Entonces, en ese preciso instante lo entendí, todos en la ceremonia permanecían incólumes, como si el tiempo se hubiese detenido, los sonido cesaron y desde el sol unos enormes brazos  como tentáculos salían en línea recta hasta envolver el panorama, como si una enorme red de luz cubriese el mundo, ya no se podía ver más que el brillo a mi alrededor y desde el centro del sol, una mancha negra comenzaba a crecer, hasta que el sol solo era una bola negra y los brazos desaparecían dejando oscuridad, ya no estaba en la tierra, estaba en el infinito, estaba rodeado por un centellar de luces en todas direcciones, eran nebulosas que palpitaban con sus relámpagos, como si todas tuviesen vida, y frente a mí, seguía ese enorme circulo negro, lejano, solo posible de ver por el contraste con las demás luces que estaban tras de sí.

Eso que se encontraba frente a mí y en todas direcciones no podía ser sino el mismísimo Viracocha, un ser absoluto en su más grande definición, la omnipresencia misma, quizás lo que vi es solo una mano de este envolviéndome, quizás fue su boca tragándome, cual ballena engulle un insignificante microbio en una bocanada para alimentarse del preciado cardumen. Sin embargo, cuando este me tragó, quiso mostrarme algo, algo muy preciado, algo de lo cual pocos tienen el privilegio de admirar, me mostró lo que yo creo hasta hoy en día, es su torrente sanguíneo, sus glóbulos, su plasma, lo que hace que este viva y que es la emoción de billones de vidas en la tierra, entonces me llevó hasta allí, como si fuese un gran Aleph, capaz de mostrarme todo en un instante con el lujo de detalles desde el principio hasta el fin de la materia.

Si se preguntan qué paso conmigo, eso no tiene importancia, solo basta con decirles que desperté mientras los tambores seguían, que luego de eso seguí con mi vida, crecí y viví feliz hasta la hora de mi muerte, y que cuando esta llegó, fui yo quien la conduje a lugares que esta, jamás había conocido, porque yo he visto lo que nadie más ha sido capaz de imaginar, estuve recorriendo el sendero de la omnipresencia en lo que quizás es un pestañeo para Viracocha, ahora les contaré, como es su sangre, les narraré que historias yacen en su torrente, les describiré parte de lo que observé, al ser parte del infinito en esos catorce mil millones de años, desde la creación del universo.

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