martes, 18 de agosto de 2015

¿Te sentarás allí?

Roberto era un niño tranquilo, no era de aquellos que les iba precisamente bien en sus notas, sin embargo tenía el apoyo y la simpatía de todos sus profesores, ya que sabía conllevarse muy bien con la gente, durante el año siempre participaba de las actividades que realizaba la escuela, talleres extra programáticos de toda índole, por ende, esto siempre le obligó a estar a veces hasta tarde dentro de la enorme institución, esto jamás complicó a sus padres ya que vivía literalmente frente a esta. Un buen día, la clase duró algo más de los que duraba usualmente, sumado a la época en que el sol se ocultaba más temprano, se le hizo de noche de un momento a otro, esto le pareció bastante atractivo, dado que la sensación de estar en un lugar por la noche, no es lo mismo que estar por el día, es como si las cosas cobrasen otra vida, como si el lugar en el que estas, no fuese el mismo en el que estabas durante las clases, esa curiosa excitación hizo que se animará él y sus cuatro amigos con los que asistía a los talleres, por ende, al terminar, decidieron jugar a las escondidas, a unas escondidas, como una suerte de reto entre varones pre-púberes.
Todos se miraron ante el reto de quien parecía ser el más temerario del grupo, Roberto como no quería ser menos, se ofreció a ser el primero en buscar, dura hazaña pensó para sí mismo, más aún cuando se vio en la difícil tarea de encontrar a los otros cuatro por lo que eran a esas horas unos poco agradables pasillos, la sobras de la noche hacían parecer que tras cada pilar hubiese algo que esperaba, rogó dentro de sí, que a ninguno de sus compañeros se le ocurriera la brillante idea de asustarlo, no quería sentir esa sensación y mucho menos quedar en ridículo frente a todos.

Curiosamente, las luces lo favorecieron bastante, todos se habían escondido en lugares bastante cercanos entre sí, como si el reto de hombres los hubiese superado obligándolos un instinto de seguridad a no perderse de vista, como si previeran algún peligro inminente, ya que la noche, no es sino para quienes aborrecen el día.

Ya cuando Roberto vio cumplida su tarea, luego del último momento de eufórica en que todos corrían por lograr no ser atrapados, el primero en perder propuso jugar una última vez, porque no hay primera sin segunda y ya tres sería aburrido. Nuevamente todos se miraron y permitieron que el más temerario tomara el rol de buscar, fue así como Roberto en un nuevo acto de osadía, corrió a una dirección contraria a la que corrieron sus amigos, en busca de un buen lugar. Una vez ubicando el sitio perfecto a un extremo del patio, lo observó detenidamente, eran unos muy espesos matorrales que dejaban un pequeño espacio, como un túnel, un lugar perfecto donde poder sentarse, tan oscuro que solo se podía ver la boca de lo que parecía ser una cueva formada por las ramas y hojas de las plantas, no paró de mirarlo fijamente, dudó si ese era el lugar más adecuado, en el fondo sabía que la oscuridad oculta cosas que no deben ser expuestas a la luz, pero una vez escuchado el grito que anunciaba la búsqueda de su compañero, este, por la impresión, solo tendió a girarse de espaldas, cerrar sus ojos e ingresar al pequeño espacio como sentándose dentro de este, cuando abrió los ojos, notó que desde la oscuridad todo era más claro, el panorama se hacía más evidente, ya que podía ver perfectamente los lugares donde se encontraban escondidos sus compañeros al otro lado del patío, todo al mismo tiempo que observaba como el más temerario miraba en cada rincón.

Ya más tranquilo, notó que estaba perfectamente sentado sobre las ramas, estas parecían estar tan perfectamente apiladas que formaban un cojín que lo separaba del suelo lo suficiente para que no se adormecieran sus piernas. Entonces tuvo una extraña sensación, le pareció que cuando observaba a sus compañeros escondidos, tras uno pilares, dos podían verse claramente desde su posición, pero el tercero no era igual, es más, es tercero, era espantosamente alto y entonces, una sensación horrible recorrió su cuerpo, el escalofrío se hiso poco para describir la sensación que vino así mismo, luego se percató que su amigo en un afán de búsqueda, se acercaba, cada vez más a esa ahora grotesca silueta, y esta, silueta que se asomó un poco más permitiéndole a Roberto, desde su posición, ver que la figura dejaba caer lo que era aparentemente su cabeza, y sobre lo que él creyó que era su mollera, se dibujó una perfecta sonrisa; pero en tamaño desproporcional a toda boca humana, o animal. Lo que ahora claramente ya no era un humano, movió uno de sus brazos tocando lo que supuso Roberto era su zona genital. Las manos de Roberto rápidamente se quisieron aferrar a algo, y al momento de intentar sujetar las ramas donde permanecía sentado, notó que estas no eran ramas, sino algo más, una suerte se superficie áspera y callosa.

¿Sobre qué estoy sentado? Pensó Roberto. El paroxismo del horror culminó en la maldita idea de que si observase desde el otro extremo que estuviese oscuro en el patio, quizás podría ver entre estos arbustos, justo donde estaba sentado, algo, quizás algo que no era humano y que sonreía.

Los reflejos de Roberto actuaron de tal manera que no se paralizó, por lo que tendió a correr y gritar tan fuerte como pudo. Sus amigos, ante el susto corrieron de sus lugares y salieron de la escuela, creyendo que se había convertido en una competencia, claro que al ver a Roberto salir y buscar entrar a su casa, ya dieron el juego por terminado.

Pasó cerca de una semana antes de que Roberto desease volver a ingresar a la escuela, los padres no entendía que era lo que ocurría y pensaron en llevar al niño a algún especialista que lo ayudase, dejó de ir a los talleres extra programáticos y jamás contó a nadie lo que vio en la escuela durante la noche.

Y un buen día, durante una calurosa tarde de verano, ya con muchos niños y auxiliares a su alrededor, fue capaz de ir al lugar donde se escondió en aquella insana noche, solo vio el suelo y un montón de ramas perfectamente apiladas, un lugar perfecto para sentarse pensó, algo así te mantendría separado del piso, pero bajo las ramas, había un pequeño papel perfectamente doblado, una nota que hizo preferir nunca más volver a aquella escuela ni mucho menos volver a salir en la noche o estar en un lugar oscuro en toda su vida.

En el papel yacía escrito en tinta roja.

“HOLA ROBERTO ¿TE GUSTÓ SENTARTE SOBRE MI PENE?”

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